Roberto Yerena Cerdán
Tras bambalinas. En lo obscurito. Por debajo de la mesa. En las cloacas. Siempre, las expresiones populares revelan las verdaderas intenciones de quienes se presumen más allá de las pasiones y los intereses. Se piensan exentos de cometer vulgaridades y volverse ordinarios. ¿Dónde y cuándo se fraguaron los acuerdos tomados entre el ex Rector Martín Aguilar, sus cercanos colaboradores, sus consejeros áulicos y los miembros de la Junta de Gobierno? A ciencia cierta, nadie lo sabe; pero uno lo puede imaginar.
Se parte de considerar que Martín Aguilar llegó a la Rectoría bajo las mismas condiciones reglamentarias que otros Rectores, en esta etapa autónoma de la Universidad Veracruzana. Queda la duda –hoy más que resuelta– si fue el aspirante mejor evaluado respecto a los otros participantes; y, aún más, si su gestión resultó realmente significativa. Pero en aquel entonces, aquello era lo que menos le importaba, más allá de llegar a ocupar el cargo. Especular, si de antemano, Martín Aguilar contó con el apoyo del entonces gobernador Cuitláhuac García, en su momento hubiese significado una intromisión inadmisible en la vida universitaria que, igualmente, pondría en evidencia la autonomía de aquella Junta de Gobierno que lo designó. Pensemos –frunciendo el ceño– que el preclaro Rector solventó exitosamente este episodio sin el entusiasmo desbordado de la comunidad universitaria a la que –absorta al no saber de quién se trataba– el nombre del Rector le pareció el de algún cantante del género vernáculo.
Ya ungido, con inusual frenesí se puso a pensar y a redactar un Programa de Trabajo que denominó Por una transformación integral 2021-2025. Pero quizá también, ya estaba pensando en que, cuatro años más adelante, podría ser “prorrogado” en reconocimiento de sus inopinados méritos personales y notables logros institucionales. Para entonces, su calendario biológico lo alcanzaría y lo colocaría fuera de toda posibilidad de participar, si hubiese leído correctamente toda la legislación que rige la institucionalidad de la Universidad Veracruzana. Sin embargo, imaginemos que Martín Aguilar decidió rotundamente pasarse por el arco del triunfo toda disposición legal que lo excluyera. Y es aquí donde debió comenzar a tejerse una historia nefasta de vínculos, acuerdos, complicidades, que van desde la configuración de un equipo de colaboradores que solo ven beneficios personales de corto plazo, incluyendo en esta retorta a los miembros de la actual Junta de Gobierno; y para quienes, el futuro de la Universidad Veracruzana no puede quedar en sus manos.
Conversar y convencer al otro no necesariamente significa esgrimir argumentos racionales, cuando convergen intereses mutuos y alevosías de por medio. No es necesario ir más más allá de estos incentivos para entender la naturaleza de las atrocidades cometidas por un cierto número de “think tanks” que, en sus charlas, al parecer, no consideraron los escenarios adversos que pudiesen generar y asumir. El costo individual y público no será el simple abucheo. Existe de por medio el desprestigio personal, la credibilidad, la desconfianza y, lamentablemente, el desgaste de una universidad que, como cualquiera otra, no merece esta falta de respeto, por decir lo menos.
Seguramente, el presunto Rector, cualquiera de sus adláteres y cada uno de los miembros de la infame Junta de Gobierno, no podrían presentarse en un espacio universitario para defender los disparates que han venido sosteniendo, confrontándose con argumentos jurídicamente sólidos y cuestionamientos sustantivos y sensibles que los exhiben. Y no los salva la burocrática convocatoria para participar en un truculento diálogo para “una transformación integral hacia la excelencia”, cuyo sentido y formato es de verdadera “güeva”. Para nuestro mal, ya “la bebieron y la derramaron”; ya “regaron el tepache”; ahora, están “regando aceite”.



