CARTA PARA DANDY

0
143

Por Esperanza Ivett Leyva Eufrasio

Hoy llegó a casa una hermosa pastor alemán, con su lomo negro y de mirar travieso. Entonces me acordé de ti, Dandy. Todos decía que eras un perro de la calle, pero yo sé tu historia. En aquel entonces apenas tenía yo unos nueve años y a hurtadillas de mi madre te llevaba comida al matorral donde te escondías.

Recuerdo cuando eras un pequeño cachorro, vivías feliz en una casita cerca de la vía, yo solía pasar corriendo para ir por las tortillas, correteabas un ratito conmigo y luego volvías a casa. Fuiste creciendo y tu carácter empezó a cambiar, veía cómo enseñabas tus dientes a personas que pasaban por la vía; no entendía el porqué de tu cambio de comportamiento, aún así, yo me acercaba a ti, rascaba tus orejas y gruñías feliz, moviendo tu colita. Recuerdo tu color como una naranja, pero tu mirada ya no era la misma del cachorro que correteaba feliz cerca de la vía.

Un día me acerqué a tocar la puerta de la casa donde tú vivías. Nadie respondió a mi llamado. Salió una vecina de una casa contigua y me dijo que la familia se había mudado y habían abandonado a su perro. Lloré bajito y en silencio sin poder entender por qué lo habían hecho. Entonces comprendí tu enojo con los humanos, por eso enseñabas tus dientes a cualquiera que pasaba cerca de ti.

Corrí a casa a pedirle a mis padres que te adoptaran, pero se negaron diciendo que eras un perro callejero, agresivo y malhumorado, que alejarías a los clientes y hasta podrías morder a alguien; lloré y supliqué que te dieran una oportunidad, porque eras un perro bueno, pero no hubo respuesta a mi llanto.

Pasaron los meses. Un día miré a una señora lanzarte pedradas, me enojé tanto que le grité que parara; me contestó que le habías mostrado los dientes y por eso merecías la muerte. ¡Pobre, Dandy! Nadie te ama. ¿Qué pecado cometiste? Solo permanecer en casa por si regresaban los infames que te habían abandonado. Luego de un tiempo, la piel de tu pierna izquierda empezó podrirse, supe que te había arrojado ácido, aullabas y en cada lamento mi alma lloraba. ¿Cómo puede haber tanta maldad para causar dolor a un ser indefenso?

El día que te fuiste al cielo de los dandis estuve presente, sostuve tu patita enferma. Los vecinos y mis padres me decían “no lo toques, te puedes infectar”, yo solo quería acompañarte en el paso al otro lado, donde estoy segura hoy retozas feliz; allí juegas y mueves tu colita sin sentir dolor, sin recibir pedradas ni injurias, sin tener que mostrar tus dientes para defenderte.

Aún recuerdo tu última mirada. Al inicio era de dolor, de miedo, de cansancio, al final fue una mirada de amor, de compasión por los humanos que te lastimaron. Entendí que estarías esperándome para llevarme en tu lomo y cruzar el río cuando a mí me toque abandonar este plano, para ir también al otro lado. Sé que te adelantaste solo para esperar por mí.

Espera ahí, Dandy, jugando en la orilla del río, correteando pájaros y ardillas, moviendo tu colita feliz; mientras, mimaré a Luna, la pequeña pastor que llegó a mi hogar, y en cada mimo pensaré en ti, en tu lomito naranja, sonriendo al verme pasar cerca de tu casa. Sé paciente por favor, creo que yo tardaré un poco más. Hoy tengo una familia, donde amamos y respetamos la vida por igual. Sé paciente, espera por mí, que algún día llegaré al río, y sin duda, dejarás que suba a tu lomito, me cruzarás para llevarme al otro lado de la fuente de amor eterno, donde recordaremos aquellos días de la infancia jugando cerca de la vía.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí