Roberto Yerena Cerdán
La Universidad Veracruzana reinició actividades el pasado cuatro de agosto. Aún no se inauguran los cursos del semestre escolar que da la bienvenida a los alumnos de nuevo ingreso. Todo parece en calma pues, como siempre, la universidad tiene una dinámica propia en los aspectos administrativo y académico, al margen del rector que la presida. Para bien o para mal, esas son las características de un sistema burocrático que puede opera al margen de las voluntades individuales, gestionando funcionalmente a las instituciones; aunque muchas veces lo haga en forma atrofiada. Sin embargo, el aún rector, en los próximos días abrirá formalmente el semestre con la peor de sus sonrisas y con un acto escenográfico que incluirá a las consabidas botargas y a un público que mostrará un entusiasmo inaudito, que contrastará con el desaliento y la indignación que aún gravitan entre los universitarios con dos dedos de frente.
Y si las condiciones no cambian, el próximo uno de septiembre, Martín Aguilar Sánchez –inspirado rector, investigador y Decano– tomará posesión como rector prorrogado, luego de activar, alevosamente, una opción más que dudosa, con la que pudo evadir tres de sus limitantes: la edad para ser reelecto (pero sí prorrogado); la competencia frente a otros legítimos aspirantes a los que la Junta de Gobierno (JG) cerró la puerta en un indigno desplante de autoridad que anuló un derecho fundamental establecido en la legislación universitaria; y –no menos importante– exponerse a una evaluación auténtica de su desempeño, ante una realidad universitaria que difícilmente se corresponderá con el alucine del Programa de Trabajo 2021-2025, que “… se estructura a partir de 25 políticas institucionales, 6 ejes, 33 temas, 73 metas y 305 acciones.” Sería muy interesante saber bajo qué parámetros, los notables de la JG fueron capaces de descifrar este correlato entre realidad y ficción, y así determinar la idoneidad de Martín Aguilar para seguir al frente como rector de la UV por cuatro años más.
El doctor Aguilar debe suponer y desear que se está ante un hecho consumado; pero no debe olvidar que existen otros obstáculos que habrá de sortear, como lo son el cuestionamiento jurídico a la ilegalidad con la que operó la JG; la corriente opositora, muy importante, que ha hecho cuestionamientos muy serios y severos al desempeño irreflexivo y frívolo del rector; y poner a salvo el prestigio de una institución sustentada en fundamentos éticos e intelectuales, como debe ser toda universidad que se precie de serlo.
El otro lado de la moneda, lo constituye el frente de los universitarios que se oponen a esta transgresión del orden jurídico, y que debe poner en juego todo lo que esté a su alcance para contrarrestar la acción ilegal en la incurrió la JG; por lo que la controversia jurídica será determinante. Sin embargo, la ambigüedad interpretativa de las legislaciones universitarias, aunado a la resolución del Juzgado Decimoséptimo de Distrito, abre dudas respecto a cuál será la consecuencia final de este proceso, luego de haber negado la suspensión provisional –solicitada por el Doctor Jorge Manzo Denes– de los actos y procedimiento interpretativo que asumió la JG. Y para preparar nuestra mente ante un escenario de corto plazo, el juzgado 17° brinda este galimatías que acentúa la incertidumbre: “A mayor abundamiento, si bien la naturaleza del acto reclamado (omisiva, declarativa o negativa) no es un factor que determine en automático la concesión o negativa de la medida cautelar, pues debe analizarse en función de las consecuencias que caso a caso pueda producir, lo que a su vez es determinante para decidir si el efecto de la suspensión debe consistir en el mantenimiento de las cosas en el estado en que se encuentren o deba restituirse provisionalmente a la persona en el goce del derecho violado.” ¿Así, o más claro?
La siguiente argumentación de quienes tienen la sartén por el mango, implica un desconocimiento objetivo de lo que es la Universidad Veracruzana, atribuyéndole a ésta virtudes que, de ser ciertas, no se verían limitadas por la suspensión provisional. Resulta un exceso considerar que lo anterior afectaría a la sociedad en general –¿más de lo que ya está? Porque la UV contribuye al desarrollo de la entidad federativa –¿a pesar de sus gobernantes? Y porque implicaría desestabilizar la vida académica –aunque más bien, esto ya está sucediendo a causa de la personalidad temeraria del rector.
Todo esto es oxígeno para el doctor Aguilar, porque el tiempo marcha a su favor. Y si bien en el terreno de la polémica jurídica el asunto está en el aire, no queda más que activar movilizaciones físicas y expresiones del pensamiento que presionen y avergüencen al rector y a quienes se convirtieron, de la nada, en los atalayas y en la materia gris que tiene en vilo a la UV. Cuesta trabajo considerarlo, pero en este escenario no se debe descartar la posibilidad de la enmienda en un ejercicio de reflexión que deponga cualquier interés personal y de grupo de interés. En ello, el todavía rector puede jugar un papel digno, con menores costos personales. Lamentablemente, lo más seguro es que optará por pertrecharse y defender su posición pensando que todo es obra de sus malquerientes –que bien los ha de tener– y de un inquietante proyecto de fuerzas obscuras que amenazan con tomar el control de la UV, como argumentan sus amanuenses anónimos; lo que demuestra que su ¨círculo rojo¨ es más que limitado en la percepción de la problemática.
El grupo de la “Red UV por la legalidad”, parece tener una estrategia clara de hacia dónde debe dirigir sus acciones. Pero esto también es cuestión de tiempo y de persistencia. Muchas veces, los “abajo firmantes” experimentan una extraña sensación de presencia que los legitima, pero que también los expone. Y esto parte de las mismas contradicciones del orden social. Los científicos sociales que forman parte de este rectorado y de la red misma, lo deben saber. Por su formación, tienen recursos conceptuales que les atribuye esta capacidad de distinción, para no simplificar pensando que se trata de una batalla entre héroes y malandrines. Se trata de reconocer los claroscuros de la UV, para poder iluminar sus zonas grises en las que algunas veces hemos transitado.



