Carlos Vitalis Illescas Luna
Estoy aquí, sentada en la oscuridad espesa de mi sala. Las chanclas, endurecidas por el lodo seco, crujen como hojas muertas. Ya no sé si es lunes o domingo, pero el aire huele a humedad vieja, a madera hinchada por el agua, a ropa que nunca termina de secarse después de la crecida. Solo el goteo persistente, ese tic-tac que se cuela desde el techo que tu lluvia rompió, me recuerda que el tiempo sigue, aunque la luz no vuelva, aunque el alma se apague un poquito cada día.
Raymond. Te alzaste del Golfo no con un rugido, sino con un susurro húmedo y traicionero. No llegaste para derribar con furia de viento, sino para soltar las cataratas del cielo sobre nosotros. Dejaste que los ríos se salieran de su cauce y escribiste con agua lodosa la página más amarga de mi tierra. Tu firma no está en muros caídos, sino en la línea de lodo que mancha las paredes, en las marcas que dejó la inundación en el alma de mi gente. Eres, sin duda, la inundación más violenta en la historia de Poza Rica, la cicatriz más honda en el pecho anegado de Veracruz.
Pero, Raymond, te tengo una verdad que quizá no alcanzaste a escuchar entre el estruendo de la lluvia:
Nos anegaste… y nos despertaste.
Sí, te lo concedo, lo inundaste todo. Pero los que nos quedamos, los del rosario empapado por el agua sucia, los de la veladora que no se rindió a la corriente, nos convertimos en algo más que damnificados. Somos los “Sobrevivientes del Lodo”, los que aprendimos a respirar barro, a lavar el alma con la misma lluvia que nos ahogaba, y a volver a nacer entre los escombros que dejó la riada.
Déjame contarte lo que hiciste sin querer, Raymond.
Al principio, el sonido de tu lluvia era puro miedo. Mis nietos lloraban por la televisión que se echó a perder con el agua, por los muñequitos que la inundación se llevó, por la casa en silencio y fría. Yo solo pensaba: “¿Y ahora qué?”
Y no te voy a mentir, Raymond. Hubo una noche, la más oscura de todas, en que me senté en el escalón roto de lo que fue mi casa y maldije tu nombre hasta quedarme ronca. «¿Por qué a nosotros?», le gritaba a la corriente que se llevó todo. «¿Qué habíamos hecho para merecer este baño de lodo y pérdida?» Miré las fotos de mis nietos, enmarcadas en esa madera que tanto pulía los sábados, ahora irreconocibles bajo el cieno, y sentí una rabia que me quemaba por dentro. Por un instante, todo futuro se había ahogado.
Pero hoy… hoy los oigo allá afuera, en el patio, corriendo descalzos entre charcos y piedras, con las rodillas peladas y la risa viva. Juegan con una lata abollada que la riada dejó varada, jugando “Bote pateado”, como si la infancia les hubiera regresado. Tu inundación, Raymond, los conectó con la alegría más sencilla y más pura: la de estar con los pies secos sobre la tierra.
Y las mujeres de la colonia, esas que antes confiaban en la lavadora y el súper… míralas ahora, hermosas en su cansancio. Con las manos agrietadas por el jabón, sacando el lodo de la memoria de la ropa. El aire huele a pinol, a ropa limpia tendida al sol por primera vez en semanas, a dignidad recién exprimida. En los patios vuelve a encenderse el fogón de leña: los frijolitos burbujean, el plátano macho se fríe con su canto dorado, el chileajo levanta el alma. Nos enseñaste a cocinar con lo que el agua no pudo arrebatar, Raymond, y a saborear lo que importa.
Los hombres también cambiaron. Antes, sombras que llegaban tarde a cenar; ahora, cuadrillas con pala y pico, sacando el lodo a cubetazos de las casas, con manos de barro y hombros de orgullo. Después de limpiar las calles, se sientan bajo la luz bailarina de una vela. El dominó golpea la mesa: “¡Trancao y es mula!” Y ese eco se mezcla con la risa, con el canto de un gallo rezagado. La hermandad se volvió refugio, y el silencio, oración.
Ah, Raymond… también quiero contarte de las filas. Kilómetros de gente esperando hielo, agua, comida y esperanza. Pero no había desesperación, había solidaridad en carne viva. Una torta partida en tres, un chiste contado bajo el sol, una sombra compartida entre desconocidos que ya no lo son. En esas filas, nos volvimos pueblo otra vez. Ahí entendí que en Veracruz la luz no depende del poste, sino del corazón que se enciende cuando alguien dice: “Toma, aquí tengo tantito.”
Y los verdaderos héroes, Raymond… no vestían uniforme ni salían en los noticieros. Eran los vecinos que cruzaron la corriente con una cuerda en la cintura para rescatar al perro del otro, los amigos que prestaron su casa en la loma como refugio, la gente de otros municipios que llegó con agua, víveres, con pura voluntad. Esa caravana de manos que no pidió permiso, que no esperó órdenes ni reflectores, y que vino a bombear la esperanza de un pueblo cuando el gobierno miró hacia otro lado. Esa es la herida, Raymond: la del abandono. Duele, y duele mucho. Pero duele menos cuando la esperanza llega en forma de abrazo, de cobija, de tamal caliente ofrecido bajo la lluvia.
Raymond, tú no sabías con quién te metías. Nos quisiste ahogar, pero somos la raíz totonaca, el fuego del puerto, el canto de la tierra mojada. Somos machete, paliacate y café de olla; la risa que resiste, la fe que no caduca, el canto que vuelve cuando el agua baja y la tierra reaparece.
Soltabas el agua desde Cazones hasta Tihuatlán, anegaste la piel de Poza Rica, pero te equivocaste de pueblo, Raymond. Te faltó sacarnos el espíritu. Tu inundación, en lugar de destruirnos, nos limpió. Nos quitó el polvo de la comodidad, nos recordó que el amor se demuestra en pala y abrazo, no en pantalla ni en cables. Despertaste la grandeza que dormía en nosotros, y por eso, Raymond, aunque nos dejaste con las paredes manchadas de tu nivel, nos dejaste también con el alma lavada.
Tu soplo nos despertó, Raymond.



